El Diablo en el Chaparral. Parte II

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Por m1m0

La respiración de Tania empezó a acelerarse, como si quisiera estallar, mientras su cuerpo empezó a convulsionar.

– ¡Ayúdeeeeeeeeenme! -, gritó su madre.

Rodrigo estaba en cama, dormido, cuando escuchó el grito de su mamá.

Salta de la cama, corriendo hacia atrás de la casa.

Las imágenes que ve en ese instante penetran hasta la médula; le sacuden el alma.

Aterrorizado trata de ayudar a su madre a levantar a Tania que yace con su cuerpo en arco rígido sobre el suelo.

La ve tomar aire, y exhala eructando, regurgitando una baba muy espesa mientras trata de incorporarla.

La chica es muy fuerte; no pueden con ella.

Cada respirar de Tania se convierte en una pesadilla para ambos. No quieren aceptar, se niegan a reconocer que esos eructos dicen algo: “{{Ayúdenme, me quemo}}” 

Tania se retuerce, se golpea con el sillón en la cabeza, en la banqueta.

Rodrigo toma fuerzas de flaqueza, y la coge por la cintura, la levanta en brazos, y la lleva a su cama.

Su madre pide ayuda al 066; la operadora le responde que cuál es su emergencia.

Ella atina solo a decir que algo le pasa a su hija; que necesitan atención de algún tipo, que se apuren porque se puede ahogar.

A los cinco minutos llegan paramédicos de Cruz Roja acompañados de la Policía Municipal, pero encuentran todo más tranquilo. Tania estaba en cama.

– ¿Qué tiene la muchacha? -, le pregunta un paramédico de nombre Gabriel a su madre en la puerta del domicilio.

-No sé qué tiene, la verdad- le responde su madre, quien se abraza de Rodrigo rompiendo en llanto.

-Mira, amigo. No quisiera explicarte qué tiene mi hermana, pero creo que necesita unos sedantes. Algo que la haga descansar-

– ¿Qué tiene?, ¿qué le pasa? – insiste.

-Es que ella está sufriendo técnicamente algún tipo de ataque epiléptico, o algo así-

-¡¡No ha dormido durante una semana!!- interrumpe su madre.

– ¿Una semana? -, le pregunta el paramédico, quien autómata, busca la mirada de su otro compañero, muy extrañado.

-Eso es casi imposible, pero vamos a verla-, le responde el socorrista.

Los paramédicos pasaron al interior de la alcoba, junto a dos policías.

La escena que ven los hizo persignarse.

– ¿Qué tiene la muchacha? -, pregunta un oficial que se identificó como el comandante Lino.

El paramédico no le respondió.

Se podía notar que la piel se les erizaba ante la escena; Tania, acostada en cama, tenía la mirada fija hacia el techo; su boca dibujaba una sonrisa sicótica, enferma, mientras respiraba tan acelerado y de una manera tan convulsa como podía.

– ¡Tania!, ¿cómo te sientes, hija? – le preguntó el paramédico.

Al instante, su cuerpo se congeló; dejó de moverse, de respirar.

Su pecho, agitado hace unos momentos, lucía quito, como inerte. Como si el corazón hubiese dejado de latir.

El rescatista sacó un estetoscopio, y lo puso en su pecho.

Sus ojos se desorbitaron…

– ¡Está sufriendo un paro, ayúdenme! – gritó.

Se subió sobre el cuerpo de Tania, puso sus manos sobre el pecho para iniciar compresiones, pero las dos manos de la chica lo sujetaron como pinzas de presión, con una fuerza tan brutal que le arrancó un grito al paramédico.

Se incorporó pese a que tenía encima al socorrista, que cayó a un extremo de la cama, y exclamó con una voz desgarradora:

“[[No toquen este cuerpo que es mi ofrenda]]”.

Los policías se arrodillaron al instante y empezaron a rezar padres nuestros, mientras que el paramédico caía al suelo.

Después; Tania se quedó sentada entre la penumbra de la habitación, carcajeando con una voz tan grave, que, por momentos, todos pensaron que se trataba del mismo señor del infierno.

Antes de irse, los paramédicos, asustados, le aconsejaron a Rodrigo y su madre que la llevaran a un hospital, pero de preferencia, que buscaran otro tipo de ayuda porque eso estaba fuera de las capacidades de la ciencia y la medicina.

A las tres de la mañana, aprovecharon un momento de tranquilidad en Tania para llevarla al Hospital Civil para que le dieran algún tipo de sedante, y durmiera.

Ambos tenían mucho miedo, porque Tania había perdido toda humanidad; se comportaba como una bestia jadeante que exhalaba eructos que no eran normales.

La metieron al área de urgencias; la médico de turno los atendió, les preguntó que, qué era lo que tenía la muchacha.

-Se llama Tania, y no ha dormido por una semana, y se comporta de manera muy, muy extraña-, trató de explicarle Rodrigo.

-Ok. Ahorita le inyectaremos algo, un calmante, para que descanse- respondió la doctora.

Fue hacia unas gavetas, sacó jeringa y algunos pequeños frascos; Eszopiclona, y regresó donde Tania, que, acostada en la camilla, la miraba fíjamente.

-Hija, te voy a poner una inyección para que descanses, porque te ves muy cansadita-, le dijo.

La doctora tocó su muñeca, y sintió algo anormal.

Fue por un termómetro antes de aplicar la inyección, y se lo colocó entre las axilas, y esperó un par de minutos.

– ¡Trae 34 de temperatura!

Sacó el estetoscopio y lo puso en su muñeca; escuchó unos momentos mientras miró su reloj.

– ¡No puede ser! -, exclama, mientras corrobora las lecturas; traía 32 latidos por minuto; algo que debería ser imposible para una persona normal.

-Hija, te voy a inyectar; va a doler un poquito, pero te vas a sentir mejor- volvió a indicar.

Ahí despertó nuevamente la oscuridad de Tania; una risa burlona empezó a ciclar el ambiente, una y otra y otra vez.

-Ya está. Vamos a darle unos 5 minutos, y estará durmiendo- dijo la galena que observaba esas risas cíclicas de Tania que cada vez se escuchaban más graves, rayando en lo gutural.

Pasaron los cinco minutos, y Tania no había dormido ni con la droga; continuaban con esas extrañas risas escapando de su boca

– ¡Carajo, sigue despierta! – dijo exaltada la doctora.

Rodrigo y la madre de la chica, callaron, en espera de que la internista buscara otra solución.

Fue de nuevo a la gaveta y sacó otra inyección; repitió la misma dinámica de la inyección pensando que esta vez, sí funcionaría.

Cuando pasaron los cinco minutos, la doctora miraba a su reloj.

– ¿Qué tienes hija? – se aventuró la doctora a preguntarle a Tania.

“[[[La teeeengo atadaaaaa. Es míaaaaa… La teeeeengo atadaaaaa. Es miaaaaaaaa]]]” le respondió una voz tan grave que la doctora gritó tan fuerte que el personal de seguridad llegó al instante.

-¡Sáquenla, sáquenlaaa! ¡¡¡Esta niña está poseída por el demonio!!!- gritaba.

Como pudieron, los familiares sacaron a Tania que volvía a sufrir otro episodio de movimientos convulsos mientras gritaba obscenidades con la voz del mismo demonio.

Una de varias personas de una iglesia evangélica que oraban en una esquina, les anotó un número telefónico que decía un nombre: Jorge Tenorio; Iglesia Palabra de Vida.

A tres cuadras se les cayó retorciéndose, vomitando baba espesa mientras gritaba con su voz normal, -¡¡¡ayuuuudaaaa…!!! ¡¡¡Me quemo!!!, ¡¡¡ayudaaaaaaaa!!!- ¡¡¡Me quemooooo!!!.

Al instante, Rodrigo marcó a ese teléfono de la caseta de la esquina, mientras su madre trataba de protegerla, que no se golpeara.

– ¿Sí?, ya es tarde. ¿Quién habla? –  se escuchó en el auricular del teléfono.

-Señor, necesitamos ayuda. Se lo suplico. Por favor, ayude a mi hermana; yo creo que está endemoniada-, le dijo llorando.

Del otro lado de la línea colgaron.

Rodrigo lloró amargamente; sabía que su hermana sufría algo de la que no la podía proteger. Se sentía impotente, y a la vez, sentía el miedo más profundo de su vida.

Como pudieron, la cargaron nuevamente, y regresaron hasta la casa de ellos; Tania los escupía, los maldecía, les decía que los iba a esperar en el infierno para quemarlos; la acostaron nuevamente en su cuarto.

A los 20 minutos, arribaron de nuevo los oficiales de la policía.

El comandante Lino les preguntó nuevamente que si la habían llevado a una iglesia o a un hospital; ellos les respondieron que la habían inyectado en el Hospital Civil dos veces, y nada le había hecho efecto.

En esos momentos escucharon un fuerte berrido tan agudo, como el de un cerdo en el matadero.

Corrieron todos adentro.

Tania levitaba acostada sobre la cama mientras berreaba cosas en algo que parecía otro tipo de lengua.

Ya no lo soportaron; salieron corriendo con un miedo en el rostro, alejándose de la casa mientras algunos vecinos salían a la acera para ver qué pasaba.

Se acurrucaron en la tortillería de la calle Laurel, ahí en las Flores.

Era un intenso llorar. No estaban preparados para algo así.

Ya por la mañana, regresaron a casa. Los vecinos los esperaban.

– ¿Celia, estás bien? ¿Qué pasó? ¿Qué tiene Tania? – le preguntaron.

-No lo sé; apenas voy a ver cómo está-, les respondió llorando.

-Ella se fue desde la mañana, después que ustedes salieron… corriendo. Salió desnuda gritando muy fuerte, tomando la calle hacia el norte. La seguimos, pero se perdió. Como que estaba ida, como que no era ella-

La Policía regresaba; era el comandante Lino de nuevo; le explicaron la situación; les delegó una patrulla y oficiales para ir a buscar a la muchacha.

Preguntaron por las calles, si alguien la había visto.

Un transeúnte la vio correr hacia las vías del tren, y de ahí, hacia el norte.

Reanudaron la búsqueda.

Preguntaron en algunos locales instalados en la calle. La misma referencia; corría con rumbo a la colonia Libertad.

-Poli, tengo una corazonada. Dele hacia el Chaparral- le indicó la señora.

Hacia allá se enfilaron; preguntaron en las tiendas, en los locales; un señor de una carnicería la vio dirigirse hacia el norte, rumbo al Chaparral.

Llegaron; no había nada. Estaba cerrado.

– ¿Buscan a una chica?, iba rumbo al panteón- dijo un vendedor de periódico.

Al arribar al panteón, una ambulancia de Cruz Roja cubría un servicio; era un viejito que cuidaba el camposanto. Era el velador.

Había sufrido un infarto en el lugar, pero alguien lo ayudó. Algo vio.

– ¿Qué pasó, jefe? – lo interrogó uno de los oficiales.

El anciano lloraba, se retorcía desesperado. Su respiración era muy forzada, golpeada.

Y empezó a contar:

-Una chica llegó corriendo. Desesperada, se arrancaba pedazos de piel de las piernas, de la espalda, de su cara con sus propias uñas. Pedía ayuda; se brincó dentro del panteón, y en la entrada, se arrodilló.

 Empezó a caminar de rodillas hacia el fondo.

Sus heridas sangraban.

Como no estaba tan oscuro vi que algo allá en el fondo la esperaba. Era una especie de animal que bramaba, bufaba como si fuera una bestia deforme.

Cuando ella llegó, esa bestia la atrajo hacia sí, la cubrió, y escuché como que se ahogaba con algo, y en momentos, ella gritaba muy fuerte. Algo le estaba haciendo el maldito animal.

Gritó, gritó y gritó, hasta que dejó de hacerlo.

Yo saqué mi arma y le disparé, y entonces… Entonces vi que era el demonio quien la tenía mancillada.

Me vio, y me sonrió el maldito, y se alzó con enormes alas al cielo con la niña.

Yo le disparé.

¡¡¡Yo le disparé, pero no pude detenerlo!!!-

El Diablo de Chaparral es una fábula que nació en Ciudad Victoria, Tamaulipas, fabricada por un reportero; Mario Chávez Jorge, extinto en el año 2013.

Tanta fue su fama que el cuento trascendió a otras culturas en Latinoamérica bajo el título del Diablo de la Discoteca, con la misma retórica.

Una joven chica es seducida por un sujeto singular, quien la invita a bailar, y que cerca de las tres de la mañana, en medio de la pista, él se manifiesta como el mismo demonio, quemándola al tacto.

La fábula toma dimensiones de una “verdad política” al filtrarse supuestos testigos de los hechos quienes se convirtieron en la parafernalia de una de las principales historias de terror de los tiempos modernos, hasta el día de hoy que se convirtió en cultura al ser recordado cada año a finales del mes de octubre, cuando se festeja el Halloween.

El cuento ha sido registrado por todo el país; Tampico tiene su propio Diablo de la Discoteca, Guadalajara, pero también existe en Argentina, en Perú, en Colombia, y ha alcanzado el viejo continente, como España, Italia y Francia.

Este es su legado.

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