¡Calma, Fanáticos!

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*Los Males de Andrés


Desafío | Rafael Loret de Mola

Al presidente es menester cuestionarlo con el rigor al que obligan sus actos. Recordemos que son dos las grandes defensas de la sociedad mexicana contra el autoritarismo y los propósitos de ganar la eternidad por parte de quienes portan la banda tricolor y se creen semidioses dignos de la veneración popular –aunque viajen en líneas comerciales y espere a que le acerquen la nave a los túneles en vez de bajar de un avión con un paraguas-, libres del escrutinio público. Lo más grave es que la fanaticada los sigue y aprueba cada paso aunque no sepan cuál es la dirección del mismo.

Tales incondicionales, puestos de rodillas como sin adoraran a un santo o al dios encarnado, aseveran que nadie debe interrumpir sus esperanzas y cuantos lo hacen es menester enviarlos al infierno donde ya retozan varios ex presidentes malditos en medio de las torturas eternas; a cambio de ello, no faltan mujeres, y no pocos hombres también, cuya defensa de su “cabecita blanca”, como llaman a Andrés, cae en lo grotesco al aludir lo indefendible e intentar convertirlo en una nota falsa sólo porque ellos lo dicen y bajo el alegato superficial de que sólo se busca desacreditar al icono intocable. Lo mismo con la pandemia que con la debacle económica. Y con tal apoyo, no de todos los mexicanos –treinta millones votaron por él, veinticuatro no y treinta millones más registrados en el Padrón no acudieron a las urnas-, pero sí de las mayorías camarales y de la “cargada” de gobernadores y ansiosos de huesos, el mandatario futuro, el que deberá obedecer, va convirtiéndose en mandante, quien ordena y decide todo.

Cuidado. El presidente de la República no puede darse el lujo de ofender, fustigar o perseguir a un sector de mexicanos, salvo si son parte de la delincuencia feroz y deben ser reducidos a prisión, como tantos políticos que han hecho más mal que los peores sicarios –Salinas, Calderón, Fox, Peña, Gamboa, Beltrones, etcétera-; los demás, aunque sean reaccionarios, persignados o simplemente contrarios al gobierno, por convicción o conveniencia –hay de todo-, tienen el derecho, en democracia, de ser respetados. Por ello, es menester devolverle, quienes se sintieron aludidos –no es mi caso-, con el despectivo calificativo de “fifí”.
       
Ya en campaña, Andrés, a mes y medio de la jornada electoral, destazó a su seguidor más cercano –si pudo considerarse así a treinta puntos abajo-, con un solo apodo: “Ricky Riquín Canallín”. El sobrenombre fue tan brutal que significó un golpe debajo del cinturón, sin intervención del árbitro de la contienda, que le sacó el aire y no posibilitó su recuperación pese a sus extensos discursos y su desesperada reacción por enfrentar al desbocado jamelgo ganador. Ninguna sanción, por cierto, se impuso al aspirante agresor a pesar de que el apodito era, como lo es, injurioso y venal.
      
Esta no puede ser la manera de gobernar. Se votó por un mandatario –quien obedece a la soberanía popular-, y no por un mandante, quien ordena, que impone sus reglas en contra de la condición más elevada de la democracia: la discusión, el debate, el derecho a cuestionar. Sin ésta nos acercaremos al totalitarismo y no al gobierno popular por el que pugna quien no quiere custodios militares alrededor sin percatarse de los riesgos por correr cuando los desechados miembros del Estado Mayor Presidencial, conocedores de los recovecos presidenciales, pretendan desquitarse, como lo han hecho tantos militares convertidos en sicarios.
Cuidado, Andrés, que la historia avanza.

La Anécdota


Como era de esperarse, el presidente consideró que está más sano que un roble, no carcomido, y con fortaleza “al cien” para cumplir las tareas propias de su elevada responsabilidad. Ser mandatario es el sueño de AMLO perseguido desde un poco antes del inicio de este milenio. Casi dos décadas de aspiraciones superiores, primero de la mano de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y luego por su propio y determinante impulso. Una enorme paciencia sin duda.
Pero, por desgracia, el cuerpo no responde al mismo ritmo. Tres cardiopatías y severas dolencias en el cuello –con peligro de inmovilidad- le han sido detectadas. Lo que sabemos, de cierto, es la versión de uno de los miembros de la Marina, con rango de Almirante, quien obviamente nos pide confidencialidad:
Desde hace dos años llamó a un médico de Miami para que lo atendiera permanentemente. Vive en un departamento adjunto a la residencia particular de Andrés y cada día es sometido a distintos tratamientos. No tiene la existencia comprada; hay cuestiones que ni el poder puede adquirir.

Seguro los incondicionales, youtubers aduladores y hackers nos tacharán exigiendo que presentemos los diagnósticos como si tuviéramos el deber de ser médicos para dar la nota. En este caso tengo los testimonios y mi derecho, también el de la fuente, a guardar discreción sobre los mismos.

E-Mail: loretdemola.rafael@yahoo.com
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