Andres Manuel López Obrador
Ricardo Anaya
Ricardo Anaya no lo sabe, o quizá no lo ha sopesado, pero su estrategia política lo tiene prácticamente en los libros de texto.
El “joven maravilla” -como le gusta que lo llamen- o “el cerillo” -apodo de su natal Querétaro- ha dinamitado acuerdos que han reducido el establishment a meros tabiques.
Por su parte, Andres Manuel López Obrador no ha repetido errores de antaño. Su acercamiento con los grandes capitanes de la economía del país, su enlace con diversos grupos antes antagónicos, como el magisterial, o la amnistía implícita en sus declaraciones relacionadas con el poderoso grupo Atlacomulco, así como nuevos y poderosos aliados electorales -como Cuauhtémoc Blanco- han ido amurallando una ventaja de prácticamente 10 puntos que pareciera insalvable.
La elección se está definiendo entre prácticamente dos fuerzas, el Frente de Anaya y la coalición de López Obrador. El gran derrumbe en 2018 pareciera ser el ocaso del Partido Revolucionario Institucional, convertido en un ente plutocrático que en ninguno de sus niveles escucha los reclamos de la sociedad, así se trate del gasolinazo a nivel federal, la corrupción a nivel estatal, o la sordera de ediles, y donde ni siquiera los regidores aprendieron a establecer una comunicación bidireccional -imprescindible en el Siglo XXI-, han sumido al PRI en un ostracismo que sólo ha acumulado rencor social y que han condenado a Jose Antonio Meade a ser uno de los últimos clavos en un ataud tricolor, condenado a desaparecer.
Hoy, a diferencia del 2000, existe un grueso expediente de agravios a la sociedad, y el mal sabor de boca de un pésimo gobierno.
Mientras el gobierno de Ernesto Zedillo entregaba extraordinarios resultados al final del siglo XX, el de Peña Nieto deja sumido al país en medio de un desastre económico, con la guillotina de Trump pendiendo sobre el TLC y con el territorio nacional bañado en sangre 18 años después de la primera gran alternancia.
Los pronósticos electorales auguran un terrible 2018 para el Revolucionario Institucional, engañado por las pírricas victorias en Coahuila y Estado de México en 2016, pero que sienten aún el desangramiento después de las terribles heridas inflingidas en 2016 a manos de Ricardo Anaya y compañía.
Este año, se evaluarán también las gestiones de las pocas gubernaturas priístas. Algunos tricolores se escudan en el mal desempeño de algunas administraciones panistas; pero el látigo de la ciudadanía tiene algo bien claro, si bien podrían castigar la ineficiencia albiazul, esos votos jamás serían para el PRI. El beneficiario de los descalabros de la dupla PRIAN es la coalición encabezada por Morena, vía los guindas, o los púrpuras de Encuentro Social, donde el terremoto de Septiembre enterró a Graco Ramírez en Morelos y tiene a Cuauhtémoc Blanco con un pie en el Palacio de la calle Galeana.
Y en el caso de Jalisco, Aristóteles Sandoval sabe entregado el Gobierno estatal a Movimiento Ciudadano -Aliado Panista-encabezado por Enrique Alfaro.
Es decir, el Frente pierde unos y gana otros. Morena gana y el PRI siempre pierde.
Esa historia se repite en Alcaldías y diputaciones e incluso senadurías, condenando al PRI a ser la tercera fuerza política, mientras siga existiendo el bloque coalicionista. Si se desmenuzara la tendencia, y de retener milagrosamente el PRD el DF, mandaría al PRI al cuarto sitio.
La moneda aún está en el aire, pero queda claro que habrá una Nueva República, sólo falta definir quién la va a encabezar y con ello terminar la historia del Partido Revolucionario Institucional
Jiribilla
¿AMLO será capaz de levantar la mano de Anaya?
¿Anaya será capaz de levantar la mano de López Obrador?
En este momento es más bien probable esto último. Las encuestas siguen impulsando a Morena y Anaya de salir derrotado sabe que contaría con capital político para ser el gran interlocutor con el Peje. Una negativa le abriría la puerta al PRI, evitando ser absorbido por Morena.
El Frente y la Coalición entregarían una etapa de bipartidismo funcional, que arrancaría con “sólo” doscientos años de atraso.
Nunca es tarde.

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